Es difícil encontrar día más triste que aquel en el que, por segunda vez, las esperanzas de tener un hijo se desvanecieron (de eso hace ya dos años, y ni siquiera me había atrevido a escribir sobre ello)… Ni siquiera aquel en el que, frente al espejo, comprendí la única verdad incuestionable: que iba a morir, como todo el mundo (no vi mi propia muerte, como aseguran algunos cretinos -crédulos de la cosa esa del misticismo metafísico- que ocurre frente a ese traidor que nos muestra cómo Saturno raja nuestro rostro con sus muescas anuales, ni tampoco vi el momento o modo en el que iba a ocurrir semejante tragedia… Luego sigo con esto)
Aquel día, el que añadió la paternidad a mi lista de fracasos, volví a enfrentarme a la vida, a aquella que ni siquiera existe, a aquella que era sólo una ilusión. ¡Maldita sea!... El dolor fue tan agudo, tan insoportable, que apenas lo sentí, sino porque mi alma se estremeció como jamás lo había hecho. Y aún peor: porque la herida que dejó en el corazón de ese ángel insensato (insensato porque decidió compartir su vida conmigo), es de esas que difícilmente cicatrizan.
Era sólo un punto en las entrañas lo que pereció (poca cosa, nimia vida, minúsculo desconocido), aunque yo sentí que el demonio se llevaba una parte importante de mi mismo al infierno. Pero algo, un hijo que jamás verá, escuchará o sentirá, dilapidó el amor del que habíamos hecho acopio durante años en un segundo. "¿A quién vamos dárselo ahora?"
¡Mi cabeza me amartilló con tantas preguntas! La mayoría de ellas no eran más que matracas repetitivas, como un bucle sin fin. Otras, tan retóricas y absurdas como las que se hace un enfermo terminal segundos antes de vomitar su vida en un último aliento… Y respuestas… respuestas demasiado preñadas de ira como para ser consideradas con un mínimo de cordura.
Me sentí desolado, sí. Más de lo normal… Me atrevería a decir que estaba serenamente triste, tal vez resignado (y es que todo era tan bonito, tan perfecto para dos almas acostumbradas a lidiar contra una vida que nos parecía injusta).
Recuerdo haber marcado aquel número (ese que aseguran que es directo), pero Dios, como ya va siendo su costumbre, seguía demasiado ocupado como para escuchar a un hijo, más o menos pródigo, como yo…
Y es que, hasta entonces, había creído que Dios y yo manteníamos una relación de “no agresión” (yo intentaba no darle demasiados problemas, y él no se metía demasiado en mi vida). Ahora no estoy tan seguro de que ese pacto siga vigente… Y no lo estoy porque dudo que haya alguien allá arriba que quiera escuchar mis plegarias (bien es cierto que yo soy como un mal amigo, de esos que sólo te llaman cuando tienen problemas y ni siquiera te invitan a su cumpleaños). Aunque creo que, aunque fuera un beatorro de misa diaria (joder, se me revuelven las tripas sólo con pensarlo), la respuesta sería muy parecida.
Lo cierto es que ni siquiera tengo muy claro por qué creo en él, ni si él cree en mí… Además, las leyes de Darwin echaron por tierra el creacionismo que nos enseñaron en catequesis (con lo divertido que era imaginar a Adán y Eva en pelotas, dando saltitos, de Árbol de la Ciencia en Árbol de la Ciencia, en ese huerto en el que los leones se alimentaban de nabos y al que llamaban el Edén)… Y el cerebrito de Hawking se empeña en demostrar que para el Big-Bang no es necesario ningún tipo con barba que dirija todo el cotarro… Eso sin entrar en cuestiones teológicas que no entienden ni los del Vaticano…
¡Vaya por Dios! Ahora resulta que, además de melancólico e hipocondríaco, soy un escéptico, dubitativo y cobarde, que cree en Dios por cuestiones meramente egoístas, narcisistas y pusilánimes… Pensar que, una vez que abandone este pellejo relleno de huesos y vísceras no encontraré más que el vacío más absoluto, me pone los pelos de punta… Entre la nada y el Infierno, prefiero las llamas eternas…
No sé si Dios existe, pero algo extraño sí que me ocurre cuando intento lanzarle mi ira… Como hoy: he empezado arrastrándome por culpa de mis recuerdos, y he acabado sacando mi vena irónica.
¡Si es que, en el fondo, Dios tiene un extraño sentido del humor, y yo no soy más que un payaso!
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