Es difícil encontrar día más triste que aquel en el que, por segunda vez, las esperanzas de tener un hijo se desvanecieron (de eso hace ya dos años, y ni siquiera me había atrevido a escribir sobre ello)… Ni siquiera aquel en el que, frente al espejo, comprendí la única verdad incuestionable: que iba a morir, como todo el mundo (no vi mi propia muerte, como aseguran algunos cretinos -crédulos de la cosa esa del misticismo metafísico- que ocurre frente a ese traidor que nos muestra cómo Saturno raja nuestro rostro con sus muescas anuales, ni tampoco vi el momento o modo en el que iba a ocurrir semejante tragedia… Luego sigo con esto)
Aquel día, el que añadió la paternidad a mi lista de fracasos, volví a enfrentarme a la vida, a aquella que ni siquiera existe, a aquella que era sólo una ilusión. ¡Maldita sea!... El dolor fue tan agudo, tan insoportable, que apenas lo sentí, sino porque mi alma se estremeció como jamás lo había hecho. Y aún peor: porque la herida que dejó en el corazón de ese ángel insensato (insensato porque decidió compartir su vida conmigo), es de esas que difícilmente cicatrizan.
Era sólo un punto en las entrañas lo que pereció (poca cosa, nimia vida, minúsculo desconocido), aunque yo sentí que el demonio se llevaba una parte importante de mi mismo al infierno. Pero algo, un hijo que jamás verá, escuchará o sentirá, dilapidó el amor del que habíamos hecho acopio durante años en un segundo. "¿A quién vamos dárselo ahora?"
¡Mi cabeza me amartilló con tantas preguntas! La mayoría de ellas no eran más que matracas repetitivas, como un bucle sin fin. Otras, tan retóricas y absurdas como las que se hace un enfermo terminal segundos antes de vomitar su vida en un último aliento… Y respuestas… respuestas demasiado preñadas de ira como para ser consideradas con un mínimo de cordura.
Me sentí desolado, sí. Más de lo normal… Me atrevería a decir que estaba serenamente triste, tal vez resignado (y es que todo era tan bonito, tan perfecto para dos almas acostumbradas a lidiar contra una vida que nos parecía injusta).
Recuerdo haber marcado aquel número (ese que aseguran que es directo), pero Dios, como ya va siendo su costumbre, seguía demasiado ocupado como para escuchar a un hijo, más o menos pródigo, como yo…
Y es que, hasta entonces, había creído que Dios y yo manteníamos una relación de “no agresión” (yo intentaba no darle demasiados problemas, y él no se metía demasiado en mi vida). Ahora no estoy tan seguro de que ese pacto siga vigente… Y no lo estoy porque dudo que haya alguien allá arriba que quiera escuchar mis plegarias (bien es cierto que yo soy como un mal amigo, de esos que sólo te llaman cuando tienen problemas y ni siquiera te invitan a su cumpleaños). Aunque creo que, aunque fuera un beatorro de misa diaria (joder, se me revuelven las tripas sólo con pensarlo), la respuesta sería muy parecida.
Lo cierto es que ni siquiera tengo muy claro por qué creo en él, ni si él cree en mí… Además, las leyes de Darwin echaron por tierra el creacionismo que nos enseñaron en catequesis (con lo divertido que era imaginar a Adán y Eva en pelotas, dando saltitos, de Árbol de la Ciencia en Árbol de la Ciencia, en ese huerto en el que los leones se alimentaban de nabos y al que llamaban el Edén)… Y el cerebrito de Hawking se empeña en demostrar que para el Big-Bang no es necesario ningún tipo con barba que dirija todo el cotarro… Eso sin entrar en cuestiones teológicas que no entienden ni los del Vaticano…
¡Vaya por Dios! Ahora resulta que, además de melancólico e hipocondríaco, soy un escéptico, dubitativo y cobarde, que cree en Dios por cuestiones meramente egoístas, narcisistas y pusilánimes… Pensar que, una vez que abandone este pellejo relleno de huesos y vísceras no encontraré más que el vacío más absoluto, me pone los pelos de punta… Entre la nada y el Infierno, prefiero las llamas eternas…
No sé si Dios existe, pero algo extraño sí que me ocurre cuando intento lanzarle mi ira… Como hoy: he empezado arrastrándome por culpa de mis recuerdos, y he acabado sacando mi vena irónica.
¡Si es que, en el fondo, Dios tiene un extraño sentido del humor, y yo no soy más que un payaso!
sábado, 20 de diciembre de 2008
lunes, 24 de noviembre de 2008
Muerto en memorias ajenas
Dicen que imaginarse a uno mismo siendo otra cosa, viviendo situaciones que jamás viviste, o especular sobre cómo habrían cambiado las circunstancias de haber pronunciado una palabra cuando callaste, o de haber callado cuando hablaste, denota falta de madurez mental… Tal vez sea cierto.
Por eso, quizás yo sea un inmaduro, pues suelo hacerlo con frecuencia…
A todos nos gustaría que las cosas hubieran sido diferentes, porque, no nos engañemos, nadie está completamente satisfecho con lo que es… ¿Acaso se han cumplido todas las expectativas que teníamos cuando éramos unos jovenzuelos inconscientes? Si has respondido sí, felicidades: ¡No sólo eres el mayor hipócrita del mundo, sino que, además, te engañas a ti mismo!
A veces me tachan de nostálgico porque, dicen, suelo especular con un pasado idílico con más frecuencia de la que mi salud mental es capaz de soportar con un mínimo de firmeza… No me conocen. Que yo sepa, el nostálgico es aquel que añora su pasado, que echa de menos los años en los que lo era todo, porque nada tenía y todo era lo que tenía por delante… y yo reniego de él. Sinceramente, lo cambiaría casi todo, en un ejercicio por culpabilizarme a mí mismo de unas desgracias presentes (que no son tales), y por transformar esta sensación de fracaso (que es falsa) por remordimiento cristiano.
Hace un par de años me encontré con un antiguo compañero de clase (hasta aquel preciso instante me refería a él como “amigo”) en una cafetería. Estaba devorando un bocadillo de lomo, junto a su mujer y un par de niñitos de postal que, supuse, serían sus hijos… Al principio me miró como si mi cara le resultase familiar. «¡Qué raro!», pensé «¡Si he dormido en su casa, si he comido con sus padres, si hemos luchado en cientos de batallas de calzón corto y bocadillo de mortadela!, ¿Cómo es posible que no me reconozca?» O yo había cambiado mucho (que no era el caso) o él me había relegado a lo más profundo de su memoria.
Supongo que la curiosidad, ante un rostro que le resultaba extrañamente familiar, fue la que le impulsó a acercarse a mí. Pero, cuando abrió la boca y me llamó Antonio, se me cayó el alma, desde las rodillas (donde suele estar), a los pies. Tuve que cambiar inmediatamente mi planteamiento inicial «¡Raro no: cretino!»
Ya que mi melancolía me impulsa a creer que no soy más que un patético suplente en el banquillo de la vida, esperaba que, al menos, en mi pasado hubiera sido un personaje secundario en la vida de otro… pero no aparecía ni en los créditos finales de un tipo al que había considerado mi mejor amigo durante más de tres años.
Después de este lamentable suceso comprendí que nuestra memoria, la de quienes guardamos el recuerdo íntegro de aquellos a los que hemos amado, es una memoria enferma, ingrata y rígida… Y que, una vez cortado el cordón umbilical de las amistades pasadas, éstas se comportan como la madre hija de puta que abandona al hijo que más ha amado en un contenedor de basuras…
No es que me traumatice demasiado comprobar que en los recuerdos ajenos no soy más que un cadáver. Lo que más me molesta es tener que borrar de mi memoria a esos amigos desleales, hacer tachones en la agenda de mi pasado y comprobar que los únicos nombres que aparecen en ella son las cuatro líneas que ocupan los miembros de mi familia…
Dicen que especular sobre cómo habrían sido las cosas, de haber amado a las personas que debía haber amado, te convierte en un inmaduro… Pero lo cierto es que, muchos de esos imbéciles a los que consideré parte importante de mi vida, no se merecen ni una reseña en el diario, nunca escrito, de mis recuerdos felices (que, visto lo visto, cada vez son más mezquinos).
Por desgracia, eso no depende de mí, porque mi cabeza se empeña en seguir su propio guión, sin contar conmigo para nada, pero si tuviese la más mínima autoridad sobre ella, le pediría que olvidase los nombres de esos gilipollas, que no se merecen ni una sola lágrima de las que he derramado…
Al fin y al cabo, ellos hace mucho tiempo que decidieron borrar de su cabeza los pocos segundos de gloria que me correspondían…
Por eso, quizás yo sea un inmaduro, pues suelo hacerlo con frecuencia…
A todos nos gustaría que las cosas hubieran sido diferentes, porque, no nos engañemos, nadie está completamente satisfecho con lo que es… ¿Acaso se han cumplido todas las expectativas que teníamos cuando éramos unos jovenzuelos inconscientes? Si has respondido sí, felicidades: ¡No sólo eres el mayor hipócrita del mundo, sino que, además, te engañas a ti mismo!
A veces me tachan de nostálgico porque, dicen, suelo especular con un pasado idílico con más frecuencia de la que mi salud mental es capaz de soportar con un mínimo de firmeza… No me conocen. Que yo sepa, el nostálgico es aquel que añora su pasado, que echa de menos los años en los que lo era todo, porque nada tenía y todo era lo que tenía por delante… y yo reniego de él. Sinceramente, lo cambiaría casi todo, en un ejercicio por culpabilizarme a mí mismo de unas desgracias presentes (que no son tales), y por transformar esta sensación de fracaso (que es falsa) por remordimiento cristiano.
Hace un par de años me encontré con un antiguo compañero de clase (hasta aquel preciso instante me refería a él como “amigo”) en una cafetería. Estaba devorando un bocadillo de lomo, junto a su mujer y un par de niñitos de postal que, supuse, serían sus hijos… Al principio me miró como si mi cara le resultase familiar. «¡Qué raro!», pensé «¡Si he dormido en su casa, si he comido con sus padres, si hemos luchado en cientos de batallas de calzón corto y bocadillo de mortadela!, ¿Cómo es posible que no me reconozca?» O yo había cambiado mucho (que no era el caso) o él me había relegado a lo más profundo de su memoria.
Supongo que la curiosidad, ante un rostro que le resultaba extrañamente familiar, fue la que le impulsó a acercarse a mí. Pero, cuando abrió la boca y me llamó Antonio, se me cayó el alma, desde las rodillas (donde suele estar), a los pies. Tuve que cambiar inmediatamente mi planteamiento inicial «¡Raro no: cretino!»
Ya que mi melancolía me impulsa a creer que no soy más que un patético suplente en el banquillo de la vida, esperaba que, al menos, en mi pasado hubiera sido un personaje secundario en la vida de otro… pero no aparecía ni en los créditos finales de un tipo al que había considerado mi mejor amigo durante más de tres años.
Después de este lamentable suceso comprendí que nuestra memoria, la de quienes guardamos el recuerdo íntegro de aquellos a los que hemos amado, es una memoria enferma, ingrata y rígida… Y que, una vez cortado el cordón umbilical de las amistades pasadas, éstas se comportan como la madre hija de puta que abandona al hijo que más ha amado en un contenedor de basuras…
No es que me traumatice demasiado comprobar que en los recuerdos ajenos no soy más que un cadáver. Lo que más me molesta es tener que borrar de mi memoria a esos amigos desleales, hacer tachones en la agenda de mi pasado y comprobar que los únicos nombres que aparecen en ella son las cuatro líneas que ocupan los miembros de mi familia…
Dicen que especular sobre cómo habrían sido las cosas, de haber amado a las personas que debía haber amado, te convierte en un inmaduro… Pero lo cierto es que, muchos de esos imbéciles a los que consideré parte importante de mi vida, no se merecen ni una reseña en el diario, nunca escrito, de mis recuerdos felices (que, visto lo visto, cada vez son más mezquinos).
Por desgracia, eso no depende de mí, porque mi cabeza se empeña en seguir su propio guión, sin contar conmigo para nada, pero si tuviese la más mínima autoridad sobre ella, le pediría que olvidase los nombres de esos gilipollas, que no se merecen ni una sola lágrima de las que he derramado…
Al fin y al cabo, ellos hace mucho tiempo que decidieron borrar de su cabeza los pocos segundos de gloria que me correspondían…
jueves, 13 de noviembre de 2008
Susurros en las Pupilas
Lo habré visto cientos de veces, y aún tengo que sujetar mis tripas cuando veo cruzarse las huidizas miradas de dos cobardes enfrentándose a unos sentimientos que les aterrorizan… ¡Díselo, maldito patán!, ¡dile lo que sientes! tal vez porque siempre fui un analfabeto en el idioma de las miradas. ¡La de grandes historias de amor que nos habremos perdido por no asistir a las clases de emociones pupilares!
«¿Sabías que estaba loquita por tus huesos en primaria?». «¡No puede ser! ¡Si yo era un pelele a merced del viento cada vez que me cruzaba contigo!» ¿Quién sabe si no hubiera sido infinitamente más feliz de lo que fui en aquellos tiempos infames, de haber hablado el mismo idioma que tú, preciosa Inés?... Aunque superar la infelicidad que sepultó mi maldita adolescencia casi al olvido más absoluto no necesitaba de grandes alharacas, me atrevería a asegurar que no.
Pero no puedo evitar imaginar cómo hubiese sido mi vida si hubiera sido capaz de entender todas esas palabras que, a lo largo de los años, me negué, o no supe, escuchar… Probablemente, y esto es lo que me reconcome (¡maldito pesimismo patológico!), mi vida no sería muy diferente a esta absurda sucesión de días que escribe sus miserias entre canas y arrugas; tal vez más versado y curtido, pero dudo que ahora fuera un tipo sensiblemente distinto al capullo autocompasivo que soy.
El tiempo, o quizás ese carácter pusilánime que me hizo paladear el acre sabor del barro en tantas ocasiones, suele darme la matraca con que soy un maldito fracasado, porque no supe escuchar los secretos que me susurraban las pupilas ajenas… Ya no sólo las de aquellas hipotéticas bellezas con las que estaba completamente dispuesto a arrugar las sábanas (al menos podría pudrirme en mi propia gilipollez, sintiéndome un Casanova venido a menos), sino las de todos aquellos que, de un modo u otro, pasaron por mi vida como una apisonadora allanando, o bacheando, un camino que sólo yo debía trazar, y que se esfumaron con la misma rapidez con la que habían aparecido (como sopapos en plena cara, que no sabes de dónde vienen)… No sé qué fue de mis amigos y, supongo que es por eso por lo que creo que, de haber sabido leer en sus ojos, ahora sólo me estaría preguntando: ¿por qué no los mandé a todos a la mierda cuando tuve ocasión?... Porque ese es el futuro que veo cuando mi ojo vago se digna a enviar información a mi paranoico cerebro: grandes amigos que, en un par o tres de años, se convierten en las rémoras que entorpecen el camino hacia nuestras propias miserias… Después, viejos y olvidados en una residencia de ancianos, mientras que una pobre cuidadora limpie nuestra mierda (o durante la visita semestral de nuestro hijo desagradecido, atenazado por la culpabilidad), alardearemos de unas amistades egregias, a las que tal vez llegamos a amar y que nos amaron, y que luego dejamos en el camino, cuando la vida (y en esto incluyo el egoísmo y la autocomplacencia) pudo más que lo único que nos llevaremos de ella: lo que hayamos sentido… ¡Cuántas falsas glorias aguardan a la parca, vegetando sobre el colchón de la soledad!
No sé leer en los ojos, ni creo que quiera aprender a hacerlo… ¿Para qué, si la vida, al fin y al cabo, me llevará por los derroteros que le vengan en gana? (siempre contrarios a mis expectativas, por supuesto)
Una de esas chorradas psico-pornográficas reza algo así como: «Conócete a ti mismo, y conocerás a los demás»… ¡Me cago en las frases hechas, y en las paridas existenciales que pretenden que la resignación sea mi modo de vida!
¡Vaya por Dios! Siempre me ocurre lo mismo… es ponerme delante del espejo y empezar a desvariar…
¿Cuándo se me meterá entre ceja y nuca que, mientras me lamentaba de mi triste existencia, me perdí las clases de “saber leer en los ojos”, y ni siquiera comprendo lo que intentan decirme los míos?
«¿Sabías que estaba loquita por tus huesos en primaria?». «¡No puede ser! ¡Si yo era un pelele a merced del viento cada vez que me cruzaba contigo!» ¿Quién sabe si no hubiera sido infinitamente más feliz de lo que fui en aquellos tiempos infames, de haber hablado el mismo idioma que tú, preciosa Inés?... Aunque superar la infelicidad que sepultó mi maldita adolescencia casi al olvido más absoluto no necesitaba de grandes alharacas, me atrevería a asegurar que no.
Pero no puedo evitar imaginar cómo hubiese sido mi vida si hubiera sido capaz de entender todas esas palabras que, a lo largo de los años, me negué, o no supe, escuchar… Probablemente, y esto es lo que me reconcome (¡maldito pesimismo patológico!), mi vida no sería muy diferente a esta absurda sucesión de días que escribe sus miserias entre canas y arrugas; tal vez más versado y curtido, pero dudo que ahora fuera un tipo sensiblemente distinto al capullo autocompasivo que soy.
El tiempo, o quizás ese carácter pusilánime que me hizo paladear el acre sabor del barro en tantas ocasiones, suele darme la matraca con que soy un maldito fracasado, porque no supe escuchar los secretos que me susurraban las pupilas ajenas… Ya no sólo las de aquellas hipotéticas bellezas con las que estaba completamente dispuesto a arrugar las sábanas (al menos podría pudrirme en mi propia gilipollez, sintiéndome un Casanova venido a menos), sino las de todos aquellos que, de un modo u otro, pasaron por mi vida como una apisonadora allanando, o bacheando, un camino que sólo yo debía trazar, y que se esfumaron con la misma rapidez con la que habían aparecido (como sopapos en plena cara, que no sabes de dónde vienen)… No sé qué fue de mis amigos y, supongo que es por eso por lo que creo que, de haber sabido leer en sus ojos, ahora sólo me estaría preguntando: ¿por qué no los mandé a todos a la mierda cuando tuve ocasión?... Porque ese es el futuro que veo cuando mi ojo vago se digna a enviar información a mi paranoico cerebro: grandes amigos que, en un par o tres de años, se convierten en las rémoras que entorpecen el camino hacia nuestras propias miserias… Después, viejos y olvidados en una residencia de ancianos, mientras que una pobre cuidadora limpie nuestra mierda (o durante la visita semestral de nuestro hijo desagradecido, atenazado por la culpabilidad), alardearemos de unas amistades egregias, a las que tal vez llegamos a amar y que nos amaron, y que luego dejamos en el camino, cuando la vida (y en esto incluyo el egoísmo y la autocomplacencia) pudo más que lo único que nos llevaremos de ella: lo que hayamos sentido… ¡Cuántas falsas glorias aguardan a la parca, vegetando sobre el colchón de la soledad!
No sé leer en los ojos, ni creo que quiera aprender a hacerlo… ¿Para qué, si la vida, al fin y al cabo, me llevará por los derroteros que le vengan en gana? (siempre contrarios a mis expectativas, por supuesto)
Una de esas chorradas psico-pornográficas reza algo así como: «Conócete a ti mismo, y conocerás a los demás»… ¡Me cago en las frases hechas, y en las paridas existenciales que pretenden que la resignación sea mi modo de vida!
¡Vaya por Dios! Siempre me ocurre lo mismo… es ponerme delante del espejo y empezar a desvariar…
¿Cuándo se me meterá entre ceja y nuca que, mientras me lamentaba de mi triste existencia, me perdí las clases de “saber leer en los ojos”, y ni siquiera comprendo lo que intentan decirme los míos?
jueves, 6 de noviembre de 2008
Descenso a los Infiernos
Apenas habían despuntado los primeros granos del acné juvenil en mi cara, cuando me enamoré (tanto como puede enamorarse un adolescente con unas hormonas enfervorecidas, intentando huir de su prisión de catecismo y misas) por primera vez. Ella era un ángel rubio, con bucles caóticos enmarcando su carita redonda, de tez pálida y suave… Su voz era dulce, casi empalagosa, su sonrisa luminiscente y sus pechos enormes…
Casi al mismo tiempo, me salió un quiste, no demasiado benigno, en un lugar entre la rabadilla y las rozaduras del calzoncillo: se llamaba Restituto…
Aquel chaval, mosca cojonera donde las haya, tenía la curiosa habilidad de no tener ninguna habilidad medianamente interesante para el resto de los mortales: no era gracioso, ni demasiado alto, más bien feo y con tan mala leche que, a su lado, Vlad el Empalador bien hubiera podido aspirar al premio Novel de la Paz.
El tal Restituto no era lo suficientemente cretino como para no percatarse de que el resto poseíamos una serie de facultades de las que él, o bien carecía, o no había descubierto… Por lo que se propuso, al menos, parecerse al resto de los mortales: repetía los chistes ajenos que habían hecho un poco de gracia, imitaba el modo de vestir de los más “pijos”, bailaba con tan poco estilo como cualquiera de los que “fantasmeaban” en la discoteca de Graus… hasta convertirse en la grotesca caricatura de unos chavales que, por nosotros mismos, ya éramos caricaturas de unos personajes salidos del teatro del absurdo. Yo no es que fuera el tipo más apreciado de la escuela de primaria de Benabarre, más bien todo lo contrario (casi diría que él estaba un par de peldaños por encima de mí en el índice de popularidad, gracias a sus gamberradas y a su constante afán por ser el más… más en lo que fuera: esto importaba poco), sin embargo, aquel quiste se pegó a mi culo como un chicle en el pelo de la Venus de Botticelli.
No teníamos nada en común, y él jamás me prestó la más mínima atención, más allá de arrinconarme en el recreo y darme un par de puñetazos en la nariz; a pesar de eso, que no mostrase ningún interés por mí, me parecía una bendición. Pero un día, supongo que el demonio se alió con no sé qué astros cabrones, decidió que quería ser mi amigo (¡Qué te había hecho yo, Dios mío!). Hiciera lo que hiciera, allí estaba Restituto, entre la tierna sonrisa de mi ángel y mis torpes labios, que aguardaban un despiste para sentir su aliento penetrando en mis pulmones.
No tardó mucho en intentar reemplazarme, entre los brazos de aquel angelito (¿Se me había olvidado decir que su mayor afición era “levantarles” las novias a sus amigos?)… Supongo que aquel “no” le sentó como una patada en el lugar en el que se me había enquistado Restituto. Nunca me sentí ganador por que el corazón de aquella preciosidad me prefiriese a mí, pero él, y ese fue su gran error, se sintió perdedor…
Yo, lento como siempre, no escuché el pistoletazo de salida de aquella carrera, en la que teníamos que demostrar quién era mejor, “el más”… pero Restituto sí que lo oyó, ¡vaya que si lo hizo! A partir de aquel instante, me convirtió en el enemigo a batir, sin yo siquiera percatarme de ello…
Después de aquel ángel, vino otra con los ojos verdes, y alguna más después. A todas intentó llevárselas al apartado de la discoteca… ¿Cómo fui tan imbécil? ¿Cómo no me percaté del odio que sentía aquel individuo por mí?
Lo suyo llegó a ser tan enfermizo, que trasladó su guerra al ámbito personal( si es que hay algo más personal que intentar robarle a uno la novia). Todo lo que yo hiciera, él intentaba hacerlo mejor… Escribió alguna que otra narración, intentó cantar, intentó hacer una obra de teatro (incluso se matriculó en el mismo instituto que yo)… Así, hasta el absurdo…
Creo que jamás me superó; pero no porque yo fuera mejor, ni siquiera porque fuera bueno (que no lo soy), sino porque yo siempre hice lo que me venía en gana… Sólo intentaba escribir mi propia historia, y él únicamente sabía imitar (cuando se hartó de mí, se convirtió en el forúnculo de otros. Creo que con resultados parecidos)
No sé si alguna vez llegó a pisar el cajetín de la victoria… Y, la verdad, me importa un bledo…
Miento… Sí que hubo algo en lo que nos superó a todos. Lo sospeché cuando una sentencia lo condenó a la cárcel por robo en una farmacia… y lo supe a ciencia cierta el día que encontraron su cadáver tirado en un barrio marginal de Barcelona, con una jeringuilla clavada en el brazo… Fue el único de nuestra pandilla que logró semejante hazaña…
Y yo, estúpido de mí, aún me siento culpable por no haber sabido evitar el descenso de Restituto a los Infiernos… y, lo que es mucho peor, ni siquiera recuerdo el timbre de voz de aquel ángel rubio, con bucles caóticos enmarcando su carita redonda, tez pálida y suave, sonrisa luminiscente y pechos enormes…
Casi al mismo tiempo, me salió un quiste, no demasiado benigno, en un lugar entre la rabadilla y las rozaduras del calzoncillo: se llamaba Restituto…
Aquel chaval, mosca cojonera donde las haya, tenía la curiosa habilidad de no tener ninguna habilidad medianamente interesante para el resto de los mortales: no era gracioso, ni demasiado alto, más bien feo y con tan mala leche que, a su lado, Vlad el Empalador bien hubiera podido aspirar al premio Novel de la Paz.
El tal Restituto no era lo suficientemente cretino como para no percatarse de que el resto poseíamos una serie de facultades de las que él, o bien carecía, o no había descubierto… Por lo que se propuso, al menos, parecerse al resto de los mortales: repetía los chistes ajenos que habían hecho un poco de gracia, imitaba el modo de vestir de los más “pijos”, bailaba con tan poco estilo como cualquiera de los que “fantasmeaban” en la discoteca de Graus… hasta convertirse en la grotesca caricatura de unos chavales que, por nosotros mismos, ya éramos caricaturas de unos personajes salidos del teatro del absurdo. Yo no es que fuera el tipo más apreciado de la escuela de primaria de Benabarre, más bien todo lo contrario (casi diría que él estaba un par de peldaños por encima de mí en el índice de popularidad, gracias a sus gamberradas y a su constante afán por ser el más… más en lo que fuera: esto importaba poco), sin embargo, aquel quiste se pegó a mi culo como un chicle en el pelo de la Venus de Botticelli.
No teníamos nada en común, y él jamás me prestó la más mínima atención, más allá de arrinconarme en el recreo y darme un par de puñetazos en la nariz; a pesar de eso, que no mostrase ningún interés por mí, me parecía una bendición. Pero un día, supongo que el demonio se alió con no sé qué astros cabrones, decidió que quería ser mi amigo (¡Qué te había hecho yo, Dios mío!). Hiciera lo que hiciera, allí estaba Restituto, entre la tierna sonrisa de mi ángel y mis torpes labios, que aguardaban un despiste para sentir su aliento penetrando en mis pulmones.
No tardó mucho en intentar reemplazarme, entre los brazos de aquel angelito (¿Se me había olvidado decir que su mayor afición era “levantarles” las novias a sus amigos?)… Supongo que aquel “no” le sentó como una patada en el lugar en el que se me había enquistado Restituto. Nunca me sentí ganador por que el corazón de aquella preciosidad me prefiriese a mí, pero él, y ese fue su gran error, se sintió perdedor…
Yo, lento como siempre, no escuché el pistoletazo de salida de aquella carrera, en la que teníamos que demostrar quién era mejor, “el más”… pero Restituto sí que lo oyó, ¡vaya que si lo hizo! A partir de aquel instante, me convirtió en el enemigo a batir, sin yo siquiera percatarme de ello…
Después de aquel ángel, vino otra con los ojos verdes, y alguna más después. A todas intentó llevárselas al apartado de la discoteca… ¿Cómo fui tan imbécil? ¿Cómo no me percaté del odio que sentía aquel individuo por mí?
Lo suyo llegó a ser tan enfermizo, que trasladó su guerra al ámbito personal( si es que hay algo más personal que intentar robarle a uno la novia). Todo lo que yo hiciera, él intentaba hacerlo mejor… Escribió alguna que otra narración, intentó cantar, intentó hacer una obra de teatro (incluso se matriculó en el mismo instituto que yo)… Así, hasta el absurdo…
Creo que jamás me superó; pero no porque yo fuera mejor, ni siquiera porque fuera bueno (que no lo soy), sino porque yo siempre hice lo que me venía en gana… Sólo intentaba escribir mi propia historia, y él únicamente sabía imitar (cuando se hartó de mí, se convirtió en el forúnculo de otros. Creo que con resultados parecidos)
No sé si alguna vez llegó a pisar el cajetín de la victoria… Y, la verdad, me importa un bledo…
Miento… Sí que hubo algo en lo que nos superó a todos. Lo sospeché cuando una sentencia lo condenó a la cárcel por robo en una farmacia… y lo supe a ciencia cierta el día que encontraron su cadáver tirado en un barrio marginal de Barcelona, con una jeringuilla clavada en el brazo… Fue el único de nuestra pandilla que logró semejante hazaña…
Y yo, estúpido de mí, aún me siento culpable por no haber sabido evitar el descenso de Restituto a los Infiernos… y, lo que es mucho peor, ni siquiera recuerdo el timbre de voz de aquel ángel rubio, con bucles caóticos enmarcando su carita redonda, tez pálida y suave, sonrisa luminiscente y pechos enormes…
lunes, 3 de noviembre de 2008
Hipocondria
Hace algunas décadas (quizás sea la crisis de los cuarenta la que me impulsa a agrupar mis recuerdos en décadas, o el mero hecho de percatarme de que ese diario que hace siglos que me he prometido empezar estaría dividido en capítulos de diez en diez años, lo que me provoca la melancolía), soñaba con un futuro bien distinto a lo que es mi presente. No sé si mejor o peor, pero sí muy diferente.
No me puedo quejar… Sin embargo, lo hago.
Ahora, cuando cierro los ojos, veo monstruos y fantasmas: esos que creía haber abandonado en el lugar más remoto de mi subconsciente.
Probablemente sea la hipocondría la que me susurra -acongojada al pensar que, cuando doble lo que llevo vivido, soplaré ochenta velas- que el tiempo discurre a más velocidad de lo que pacté con los dioses en el Limbo (ese que, ahora, el Papa se empeña en negar). O tal vez es la esperanza en que el mundo, o mi cabeza, de un vuelco y me devuelva la ilusión perdida… Lo cierto es que la sola idea de acabar mis días sintiéndome un fracasado me pone los pelos de punta.
Probablemente sea la hipocondría la que me susurra -acongojada al pensar que, cuando doble lo que llevo vivido, soplaré ochenta velas- que el tiempo discurre a más velocidad de lo que pacté con los dioses en el Limbo (ese que, ahora, el Papa se empeña en negar). O tal vez es la esperanza en que el mundo, o mi cabeza, de un vuelco y me devuelva la ilusión perdida… Lo cierto es que la sola idea de acabar mis días sintiéndome un fracasado me pone los pelos de punta.
Y es que, imagino que a todos nos sucede en mayor o menor medida, cuando desempolvo los “suvenires” que he ido acumulando en mi parca mochila, me percato de que he ido acumulando cientos de desilusiones y solamente una decena de efímeros éxitos. Es frustrante. Lo sé. Y eso explica, en parte, mi eterno estado de melancolía…
No me gusta sentirme así… No me gusta ser así.
«Tienes que afrontar la vida de cara», solía decirme uno de los curas del “La Inmaculada” de Barbastro, cada vez que (entonces ya apuntaba maneras) las sábanas me apresaban sobre aquel catre de muelles asesinos, que se clavaban en mi espalda como dagas traidoras, lo cierto es que aquel pío sacerdote me convencía de que el mundo era un supermercado rebosante de opciones, dispuestas a llenar mi alforja de esperanzas y riquezas para el alma… Pero aquellas palabras se desvanecían cuando mis riñones se negaban a filtrar el zumo sintético que nos servían en el desayuno, y meaba naranja. Entonces me convencí de que la vida es efímera y terriblemente injusta y que, en una de esas, acabaría postrado en una cama de hospital con las venas destrozadas por una máquina de diálisis… Después, mis miedos tomaron tintes cancerígenos, mi cerebro se convenció de que acabaría compartiendo mis ideas con tumores malignos y mi corazón se volvió un paranoico con manías cardiopáticas. Ya no volví a ser el mismo…
Ahora, un cuarto de siglo después de aquello, aún aguardo, con terror, a que aquellas temidas enfermedades de la adolescencia me asalten cuando menos me lo espere…
¡Hay que ser gilipollas!
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