Apenas habían despuntado los primeros granos del acné juvenil en mi cara, cuando me enamoré (tanto como puede enamorarse un adolescente con unas hormonas enfervorecidas, intentando huir de su prisión de catecismo y misas) por primera vez. Ella era un ángel rubio, con bucles caóticos enmarcando su carita redonda, de tez pálida y suave… Su voz era dulce, casi empalagosa, su sonrisa luminiscente y sus pechos enormes…
Casi al mismo tiempo, me salió un quiste, no demasiado benigno, en un lugar entre la rabadilla y las rozaduras del calzoncillo: se llamaba Restituto…
Aquel chaval, mosca cojonera donde las haya, tenía la curiosa habilidad de no tener ninguna habilidad medianamente interesante para el resto de los mortales: no era gracioso, ni demasiado alto, más bien feo y con tan mala leche que, a su lado, Vlad el Empalador bien hubiera podido aspirar al premio Novel de la Paz.
El tal Restituto no era lo suficientemente cretino como para no percatarse de que el resto poseíamos una serie de facultades de las que él, o bien carecía, o no había descubierto… Por lo que se propuso, al menos, parecerse al resto de los mortales: repetía los chistes ajenos que habían hecho un poco de gracia, imitaba el modo de vestir de los más “pijos”, bailaba con tan poco estilo como cualquiera de los que “fantasmeaban” en la discoteca de Graus… hasta convertirse en la grotesca caricatura de unos chavales que, por nosotros mismos, ya éramos caricaturas de unos personajes salidos del teatro del absurdo. Yo no es que fuera el tipo más apreciado de la escuela de primaria de Benabarre, más bien todo lo contrario (casi diría que él estaba un par de peldaños por encima de mí en el índice de popularidad, gracias a sus gamberradas y a su constante afán por ser el más… más en lo que fuera: esto importaba poco), sin embargo, aquel quiste se pegó a mi culo como un chicle en el pelo de la Venus de Botticelli.
No teníamos nada en común, y él jamás me prestó la más mínima atención, más allá de arrinconarme en el recreo y darme un par de puñetazos en la nariz; a pesar de eso, que no mostrase ningún interés por mí, me parecía una bendición. Pero un día, supongo que el demonio se alió con no sé qué astros cabrones, decidió que quería ser mi amigo (¡Qué te había hecho yo, Dios mío!). Hiciera lo que hiciera, allí estaba Restituto, entre la tierna sonrisa de mi ángel y mis torpes labios, que aguardaban un despiste para sentir su aliento penetrando en mis pulmones.
No tardó mucho en intentar reemplazarme, entre los brazos de aquel angelito (¿Se me había olvidado decir que su mayor afición era “levantarles” las novias a sus amigos?)… Supongo que aquel “no” le sentó como una patada en el lugar en el que se me había enquistado Restituto. Nunca me sentí ganador por que el corazón de aquella preciosidad me prefiriese a mí, pero él, y ese fue su gran error, se sintió perdedor…
Yo, lento como siempre, no escuché el pistoletazo de salida de aquella carrera, en la que teníamos que demostrar quién era mejor, “el más”… pero Restituto sí que lo oyó, ¡vaya que si lo hizo! A partir de aquel instante, me convirtió en el enemigo a batir, sin yo siquiera percatarme de ello…
Después de aquel ángel, vino otra con los ojos verdes, y alguna más después. A todas intentó llevárselas al apartado de la discoteca… ¿Cómo fui tan imbécil? ¿Cómo no me percaté del odio que sentía aquel individuo por mí?
Lo suyo llegó a ser tan enfermizo, que trasladó su guerra al ámbito personal( si es que hay algo más personal que intentar robarle a uno la novia). Todo lo que yo hiciera, él intentaba hacerlo mejor… Escribió alguna que otra narración, intentó cantar, intentó hacer una obra de teatro (incluso se matriculó en el mismo instituto que yo)… Así, hasta el absurdo…
Creo que jamás me superó; pero no porque yo fuera mejor, ni siquiera porque fuera bueno (que no lo soy), sino porque yo siempre hice lo que me venía en gana… Sólo intentaba escribir mi propia historia, y él únicamente sabía imitar (cuando se hartó de mí, se convirtió en el forúnculo de otros. Creo que con resultados parecidos)
No sé si alguna vez llegó a pisar el cajetín de la victoria… Y, la verdad, me importa un bledo…
Miento… Sí que hubo algo en lo que nos superó a todos. Lo sospeché cuando una sentencia lo condenó a la cárcel por robo en una farmacia… y lo supe a ciencia cierta el día que encontraron su cadáver tirado en un barrio marginal de Barcelona, con una jeringuilla clavada en el brazo… Fue el único de nuestra pandilla que logró semejante hazaña…
Y yo, estúpido de mí, aún me siento culpable por no haber sabido evitar el descenso de Restituto a los Infiernos… y, lo que es mucho peor, ni siquiera recuerdo el timbre de voz de aquel ángel rubio, con bucles caóticos enmarcando su carita redonda, tez pálida y suave, sonrisa luminiscente y pechos enormes…
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