Hace algunas décadas (quizás sea la crisis de los cuarenta la que me impulsa a agrupar mis recuerdos en décadas, o el mero hecho de percatarme de que ese diario que hace siglos que me he prometido empezar estaría dividido en capítulos de diez en diez años, lo que me provoca la melancolía), soñaba con un futuro bien distinto a lo que es mi presente. No sé si mejor o peor, pero sí muy diferente.
No me puedo quejar… Sin embargo, lo hago.
Ahora, cuando cierro los ojos, veo monstruos y fantasmas: esos que creía haber abandonado en el lugar más remoto de mi subconsciente.
Probablemente sea la hipocondría la que me susurra -acongojada al pensar que, cuando doble lo que llevo vivido, soplaré ochenta velas- que el tiempo discurre a más velocidad de lo que pacté con los dioses en el Limbo (ese que, ahora, el Papa se empeña en negar). O tal vez es la esperanza en que el mundo, o mi cabeza, de un vuelco y me devuelva la ilusión perdida… Lo cierto es que la sola idea de acabar mis días sintiéndome un fracasado me pone los pelos de punta.
Probablemente sea la hipocondría la que me susurra -acongojada al pensar que, cuando doble lo que llevo vivido, soplaré ochenta velas- que el tiempo discurre a más velocidad de lo que pacté con los dioses en el Limbo (ese que, ahora, el Papa se empeña en negar). O tal vez es la esperanza en que el mundo, o mi cabeza, de un vuelco y me devuelva la ilusión perdida… Lo cierto es que la sola idea de acabar mis días sintiéndome un fracasado me pone los pelos de punta.
Y es que, imagino que a todos nos sucede en mayor o menor medida, cuando desempolvo los “suvenires” que he ido acumulando en mi parca mochila, me percato de que he ido acumulando cientos de desilusiones y solamente una decena de efímeros éxitos. Es frustrante. Lo sé. Y eso explica, en parte, mi eterno estado de melancolía…
No me gusta sentirme así… No me gusta ser así.
«Tienes que afrontar la vida de cara», solía decirme uno de los curas del “La Inmaculada” de Barbastro, cada vez que (entonces ya apuntaba maneras) las sábanas me apresaban sobre aquel catre de muelles asesinos, que se clavaban en mi espalda como dagas traidoras, lo cierto es que aquel pío sacerdote me convencía de que el mundo era un supermercado rebosante de opciones, dispuestas a llenar mi alforja de esperanzas y riquezas para el alma… Pero aquellas palabras se desvanecían cuando mis riñones se negaban a filtrar el zumo sintético que nos servían en el desayuno, y meaba naranja. Entonces me convencí de que la vida es efímera y terriblemente injusta y que, en una de esas, acabaría postrado en una cama de hospital con las venas destrozadas por una máquina de diálisis… Después, mis miedos tomaron tintes cancerígenos, mi cerebro se convenció de que acabaría compartiendo mis ideas con tumores malignos y mi corazón se volvió un paranoico con manías cardiopáticas. Ya no volví a ser el mismo…
Ahora, un cuarto de siglo después de aquello, aún aguardo, con terror, a que aquellas temidas enfermedades de la adolescencia me asalten cuando menos me lo espere…
¡Hay que ser gilipollas!

1 comentario:
.....y llegan los 50 y sigues esperando...ahora sí, ahora pasará..Pero no.
...y cumples los 60..y casi llegas a los 70...pero sigues esperando...
¿ cuando ocurrirá ?
...y te desesperas y te dices,!!pero si tengo que ser feliz!!! si tengo mi vida llena! ...se acabó, soy un gilipollas!!!....
Pero, no....
! Ay, amigo, como te comprendo!!
Publicar un comentario