lunes, 24 de noviembre de 2008

Muerto en memorias ajenas

Dicen que imaginarse a uno mismo siendo otra cosa, viviendo situaciones que jamás viviste, o especular sobre cómo habrían cambiado las circunstancias de haber pronunciado una palabra cuando callaste, o de haber callado cuando hablaste, denota falta de madurez mental… Tal vez sea cierto.

Por eso, quizás yo sea un inmaduro, pues suelo hacerlo con frecuencia…

A todos nos gustaría que las cosas hubieran sido diferentes, porque, no nos engañemos, nadie está completamente satisfecho con lo que es… ¿Acaso se han cumplido todas las expectativas que teníamos cuando éramos unos jovenzuelos inconscientes? Si has respondido sí, felicidades: ¡No sólo eres el mayor hipócrita del mundo, sino que, además, te engañas a ti mismo!

A veces me tachan de nostálgico porque, dicen, suelo especular con un pasado idílico con más frecuencia de la que mi salud mental es capaz de soportar con un mínimo de firmeza… No me conocen. Que yo sepa, el nostálgico es aquel que añora su pasado, que echa de menos los años en los que lo era todo, porque nada tenía y todo era lo que tenía por delante… y yo reniego de él. Sinceramente, lo cambiaría casi todo, en un ejercicio por culpabilizarme a mí mismo de unas desgracias presentes (que no son tales), y por transformar esta sensación de fracaso (que es falsa) por remordimiento cristiano.

Hace un par de años me encontré con un antiguo compañero de clase (hasta aquel preciso instante me refería a él como “amigo”) en una cafetería. Estaba devorando un bocadillo de lomo, junto a su mujer y un par de niñitos de postal que, supuse, serían sus hijos… Al principio me miró como si mi cara le resultase familiar. «¡Qué raro!», pensé «¡Si he dormido en su casa, si he comido con sus padres, si hemos luchado en cientos de batallas de calzón corto y bocadillo de mortadela!, ¿Cómo es posible que no me reconozca?» O yo había cambiado mucho (que no era el caso) o él me había relegado a lo más profundo de su memoria.

Supongo que la curiosidad, ante un rostro que le resultaba extrañamente familiar, fue la que le impulsó a acercarse a mí. Pero, cuando abrió la boca y me llamó Antonio, se me cayó el alma, desde las rodillas (donde suele estar), a los pies. Tuve que cambiar inmediatamente mi planteamiento inicial «¡Raro no: cretino!»

Ya que mi melancolía me impulsa a creer que no soy más que un patético suplente en el banquillo de la vida, esperaba que, al menos, en mi pasado hubiera sido un personaje secundario en la vida de otro… pero no aparecía ni en los créditos finales de un tipo al que había considerado mi mejor amigo durante más de tres años.

Después de este lamentable suceso comprendí que nuestra memoria, la de quienes guardamos el recuerdo íntegro de aquellos a los que hemos amado, es una memoria enferma, ingrata y rígida… Y que, una vez cortado el cordón umbilical de las amistades pasadas, éstas se comportan como la madre hija de puta que abandona al hijo que más ha amado en un contenedor de basuras…

No es que me traumatice demasiado comprobar que en los recuerdos ajenos no soy más que un cadáver. Lo que más me molesta es tener que borrar de mi memoria a esos amigos desleales, hacer tachones en la agenda de mi pasado y comprobar que los únicos nombres que aparecen en ella son las cuatro líneas que ocupan los miembros de mi familia…

Dicen que especular sobre cómo habrían sido las cosas, de haber amado a las personas que debía haber amado, te convierte en un inmaduro… Pero lo cierto es que, muchos de esos imbéciles a los que consideré parte importante de mi vida, no se merecen ni una reseña en el diario, nunca escrito, de mis recuerdos felices (que, visto lo visto, cada vez son más mezquinos).

Por desgracia, eso no depende de mí, porque mi cabeza se empeña en seguir su propio guión, sin contar conmigo para nada, pero si tuviese la más mínima autoridad sobre ella, le pediría que olvidase los nombres de esos gilipollas, que no se merecen ni una sola lágrima de las que he derramado…

Al fin y al cabo, ellos hace mucho tiempo que decidieron borrar de su cabeza los pocos segundos de gloria que me correspondían…

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