Lo habré visto cientos de veces, y aún tengo que sujetar mis tripas cuando veo cruzarse las huidizas miradas de dos cobardes enfrentándose a unos sentimientos que les aterrorizan… ¡Díselo, maldito patán!, ¡dile lo que sientes! tal vez porque siempre fui un analfabeto en el idioma de las miradas. ¡La de grandes historias de amor que nos habremos perdido por no asistir a las clases de emociones pupilares!
«¿Sabías que estaba loquita por tus huesos en primaria?». «¡No puede ser! ¡Si yo era un pelele a merced del viento cada vez que me cruzaba contigo!» ¿Quién sabe si no hubiera sido infinitamente más feliz de lo que fui en aquellos tiempos infames, de haber hablado el mismo idioma que tú, preciosa Inés?... Aunque superar la infelicidad que sepultó mi maldita adolescencia casi al olvido más absoluto no necesitaba de grandes alharacas, me atrevería a asegurar que no.
Pero no puedo evitar imaginar cómo hubiese sido mi vida si hubiera sido capaz de entender todas esas palabras que, a lo largo de los años, me negué, o no supe, escuchar… Probablemente, y esto es lo que me reconcome (¡maldito pesimismo patológico!), mi vida no sería muy diferente a esta absurda sucesión de días que escribe sus miserias entre canas y arrugas; tal vez más versado y curtido, pero dudo que ahora fuera un tipo sensiblemente distinto al capullo autocompasivo que soy.
El tiempo, o quizás ese carácter pusilánime que me hizo paladear el acre sabor del barro en tantas ocasiones, suele darme la matraca con que soy un maldito fracasado, porque no supe escuchar los secretos que me susurraban las pupilas ajenas… Ya no sólo las de aquellas hipotéticas bellezas con las que estaba completamente dispuesto a arrugar las sábanas (al menos podría pudrirme en mi propia gilipollez, sintiéndome un Casanova venido a menos), sino las de todos aquellos que, de un modo u otro, pasaron por mi vida como una apisonadora allanando, o bacheando, un camino que sólo yo debía trazar, y que se esfumaron con la misma rapidez con la que habían aparecido (como sopapos en plena cara, que no sabes de dónde vienen)… No sé qué fue de mis amigos y, supongo que es por eso por lo que creo que, de haber sabido leer en sus ojos, ahora sólo me estaría preguntando: ¿por qué no los mandé a todos a la mierda cuando tuve ocasión?... Porque ese es el futuro que veo cuando mi ojo vago se digna a enviar información a mi paranoico cerebro: grandes amigos que, en un par o tres de años, se convierten en las rémoras que entorpecen el camino hacia nuestras propias miserias… Después, viejos y olvidados en una residencia de ancianos, mientras que una pobre cuidadora limpie nuestra mierda (o durante la visita semestral de nuestro hijo desagradecido, atenazado por la culpabilidad), alardearemos de unas amistades egregias, a las que tal vez llegamos a amar y que nos amaron, y que luego dejamos en el camino, cuando la vida (y en esto incluyo el egoísmo y la autocomplacencia) pudo más que lo único que nos llevaremos de ella: lo que hayamos sentido… ¡Cuántas falsas glorias aguardan a la parca, vegetando sobre el colchón de la soledad!
No sé leer en los ojos, ni creo que quiera aprender a hacerlo… ¿Para qué, si la vida, al fin y al cabo, me llevará por los derroteros que le vengan en gana? (siempre contrarios a mis expectativas, por supuesto)
Una de esas chorradas psico-pornográficas reza algo así como: «Conócete a ti mismo, y conocerás a los demás»… ¡Me cago en las frases hechas, y en las paridas existenciales que pretenden que la resignación sea mi modo de vida!
¡Vaya por Dios! Siempre me ocurre lo mismo… es ponerme delante del espejo y empezar a desvariar…
¿Cuándo se me meterá entre ceja y nuca que, mientras me lamentaba de mi triste existencia, me perdí las clases de “saber leer en los ojos”, y ni siquiera comprendo lo que intentan decirme los míos?
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